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fuocoammareAcorralados por la guerra, el desierto y el Estado Islámico, los nigerianos huyen diariamente de su continente a Europa –desembarcando en el punto más cercano: el pueblo italiano de Lampedusa- huyendo de las tragedias que les rodean. Tienen que hacerlo a través del mar y miles de personas han fenecido ahogadas en su huida. En Fuego en el mar (Fuocoammare), el más reciente documental del italiano Gianfranco Rosi (director de El Sicario), vemos todo esto desde la perspectiva del puerto italiano que los recibe humanitariamente desde su hipertecnologizada frontera. Y al mismo tiempo, un chiquillo en este lugar, lucha contra el diagnóstico de un “ojo perezoso” al que tiene que reeducar para ver correctamente, mientras disfruta jugar con la resortera, asiste a la escuela y es aconsejado y cuidado por su padre.

Esta es la visión contemplativa y metafórica de la tragedia migratoria que cimbra actualmente a Europa. Su éxito en la red de festivales que lo ha acogido y galardonado clamorosamente (ganó el Oso de Oro, premio principal en la pasada Berlinale, con la actriz norteamericana Meryl Streep como la cabeza del jurado), seguramente se debe no sólo por el “timing” social con el que la película aparece, sino por el don de la ubicuidad que este documental logra: siempre en el lugar preciso en el momento adecuado, nada de voces en off, ni recuerdos directos de un suceso, ni factura televisiva falsamente objetiva.

La cámara de Rosi nunca pierde el equilibrio ni se vuelve melodramática ni se pone nerviosa al observar de manera distanciada y respetuosa, por igual, los juegos bélicos del niño con mirada debilitada Samuele; sus paseos en el mar, pues habrá de heredar el destino de sus familiares marineros quienes se preocupan de fortalecerle el estómago para que no sufra de mareos una vez que empiece a trabajar; sus pláticas con su abuela radioescucha fiel que le relata haber visto “fuego en el mar” durante la guerra, refiriéndose al color rojo que se reflejaba en la marea; sus consultas con el médico que le diagnostica un estrés precoz añadido al problema de su ojo; el quehacer del mismo doctor que recibe en su pueblo de manera valiente y generosa a los seres en estado de despojo humano huyendo de Nigeria; a los grupos de nigerianos que en su hacinamiento, esperanzados de ser recibidos en Europa, versifican su historia y su tragedia; a los rescatistas ayudando a estos seres pestilentes de gasolina por las condiciones horribles en que viajan, y haciéndose cargo también de los cadáveres y agonizantes jóvenes y niños que reciben de manera constante.

Seguramente será un filme a imitar por los directores de ficción y documental que han tomado el slow cinema o cine contemplativo como estandarte estético –sin entenderlo. Este filme será para ellos una lección amable de lo que es una admirable, apabullante y equitativa sobriedad: de manera temeraria, el peso sobre la aparente ausencia de drama en la vida del niño Samuele, equivale al de los pasajeros de estos cientos de naves de condenados.

Es probable que en nuestro país sea recibido con cierta distancia pero que poco a poco pueda ser aplicada por sociólogos, políticos y activistas, para empezar a entender los problemas migratorios desde el punto de vista del país que los recibe –y no desde el que los expulsa, como estamos acostumbrados a ver esta emergencia.

Fuego en el mar se encuentra actualmente en la Muestra Internacional de Cine en Cineteca Nacional y su circuito de exhibición.

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