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Una razón narrativa por la que la trama de “120 Latidos por Minuto” (120 battements par minute) de Robin Campillo, filme ganador del Grand Prix del pasado Festival de Cannes, es tan trepidante, lanzándose a contar unos meses de vida de un chamaco chileno-francés (magnífico Mahuel Pérez Biscayart) cofundador del grupo activista contra el sida ACT UP capítulo Paris, es porque su vida pende de un hilo.

Portador del VIH y en lucha contra los terribles medicamentos que les recetaban en un principio a todos los pacientes antes de los más benignos inhibidores de proteasa, que en el filme los laboratorios mercachifles primero ocultan y luego otorgan a cuentagotas ante la presión del activismo, nuestro protagonista planea sobre nosotros como una exhalación montando cámara en mano urgente e inmediata sobre telefotos, sobre close ups, sobre flash forwards como tronido impaciente de dedos, sobre material de archivo y animación que navega al interior de la sangre enamorada de la vida, la sangre que recorre el río Sena en una demostración ficticia, la sangre artificial arrojada al político causante de una manifestación ejemplar y la sangre metafórica de la familia que uno escoge, es decir, la sangre de los amigos con quienes se puede conectar a pesar de las diferencias políticas a través del amor, el sexo, la música, las manifestaciones berrinchudas y performáticas, la urgencia por sobrevivir y la solidaridad desesperada.

La vida nos la muestra así Campillo como una serie de rituales para revelar amorosamente los modos de contagio; como caracterización de sus personajes a través de acciones subversivas y discursos absolutos sobre la enfermedad y la sobrevivencia; como el humor constante y abrasivo que jamás deja de filosofar y cuestionar su entorno social en el metro, la escuela o la casa; como coqueteo que jamás obnubila el trabajo sino que la da filo al borbotón de términos médicos, legales y éticos enfrentados como una cotidianeidad de la sobrevivencia; y como la organización de las minorías en micro o en macro (como el dying del final) contra la indiferencia asesina.

Act Up indignado decía Silencio=Muerte y la película nunca calla, dialogando con sofisticación, claridad y equilibrio aún en medio del caos. ActUp lujurioso decía Read My Lips y la película no le teme al erotismo serodiscordante ni a las venidas gozosas en las habitaciones del Thanatos. Act Up político nos llevaba a marchas esperando que sigamos con vida en las siguientes y su trabajo lo aseguró para muchos que aún andamos por aquí. Y el trabajo de Campillo es un tributo amoroso, una memoria que duele todavía, un cuento tribal que reverbera hacia el mundo y un registro fascinado y fascinante, todo a la vez.

Este filme forma parte de la Muestra Internacional de Cine de la Cineteca, en salas durante noviembre de 2017.

 

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