
Tras estar ausente por un lustro, la cineasta Gabriela Pena está de vuelta -ahora en compañía de su pareja Pícho García-, para seguir explorando los temas que han permeado su filmografía hasta el momento: la familia y la memoria. Esta vez, viaja de vuelta a su querido Chile, tierra de su madre y sus abuelos de la cual huyeron cincuenta años atrás, al verse amenazados y perseguidos por el régimen del dictador Augusto Pinochet. Y de ahí nace Aquí se escucha el silencio.
Valparaíso es el sitio adonde Gabriela viaja, para abrir las puertas de la casa familiar abandonada por mucho tiempo. Deshabitada, con las paredes maltratadas y chirriantes puertas oxidadas, Pena decide enfrentar allí ese pasado, mientras intenta reconectar con sus seres queridos y comprender las heridas que la dictadura les dejó, a través de la memoria lastimada de ese país sudamericano.
Como en su ópera prima Zoila (2021), y el cortometraje Familia (2024), la chileno-española sigue escarbando en esos lazos los cuales forjaron su pasado, tratando de elaborar un delicado tejido con ello. Si bien ahora no ahonda en la labor de la trabajadora del hogar quien ayudó a su madre a cuidarla o del dilema de anteponer la familia sobre las amistades, si realiza el que posiblemente sea su trabajo más personal a la fecha.
Gabriela se pone a sí misma frente a la cámara, en el mismo lugar vulnerable como donde pone a sus abuelos o a su madre, para hablar del peso de lo heredado. Sin miedo a exponer la huella dejada por el exilio y la dictadura. Las memorias de sus parientes, de los sonidos (e incluso de los silencios) los cuales rodean la casa, así como los presentes levantamientos, son elementos empleados por el documental para entretejer una interesante línea entre lo que fue y lo que es.
Al ser parte de la tercera generación de su familia, Pena es capaz de entrelazar ambos tiempos sin necesidad de acudir al rigor histórico documentalista, sino por medio de lo vivido por sus abuelos y madre. vertido en sus narraciones personales. La valentía de la directora para mostrar esa herida la cual no le pertenece pero que sin duda también le ha marcado, destaca por su sensibilidad al habitar cada uno de los espacios a manera de un acompañamiento desde donde se comprende mejor la fragilidad de sus abuelos y esa distancia emocional existente con su madre.
Ni qué decir de la labor de Picho García, quien como pareja de Gabriela le brinda una perspectiva de testigo ante este acto de reencuentro y sanación. El hecho de no formar parte directamente de ese linaje (y de su dolor), le da una frescura la cual nos trae de vuelta a la actualidad, a modo de una señal de esperanza encarnada en una nueva generación quien no conoció de primera manos a los demonios de ese pasado tormentoso y, con la amenaza del resurgimiento de la ultra derecha pinochetista, busca mantener vigente esa memoria y el espíritu de lucha, para evitar cometer los mismos errores como sociedad.
Aquí se escucha el silencio termina resonando como un grito de dolor y conciliación, un viaje de sanación personal que se traspola al de una nación la cual busca no volver a caer en las garras de la persecución y la dictadura, orillando a la reflexión del pasado, y proponiendo curar a través de la memoria esos vacíos emocionales del presente.
En CineNT tuvimos la fortuna de charlar a fondo con Gabriela Pena, creadora de esta pieza documental la cual acaba de obtener el Premio FEISAL en la edición 41 del Festival Internacional de Cine en Guadalajara, otorgado por la Federación de Escuelas de la Imagen y el Sonido de América Latina. La entrevista a continuación: