Por: José Antonio Valdés Peña
En 2025, Stephen King cumplió sus primeros 78 veranos. Además de seguir en la cima de los escritores más influyentes y exitosos del siglo XX y lo que va del XXI, su presencia se ha dejado sentir recientemente, tanto en las pantallas cinematográficas como en las caseras. La plataforma HBO Max tuvo un gran éxito entre la crítica y el público con la precuela de Eso, titulada Bienvenidos a Derry. Es un viaje al pasado para descubrir cómo dicho pueblo generó la maldad necesaria para albergar al payaso devorador de niños Pennywise. En las salas de cine, nada menos que cuatro adaptaciones de relatos suyos se estrenaron. Es sobre este cuarteto fílmico que reflexionamos en las siguientes líneas, esperando que en el 2026 el maestro King siga tan presente como lo fue en el año que se fue.
El mono (The monkey, Estados Unidos, 2025) de Osgood Perkins.
Heredero de Anthony Perkins, uno de los actores imprescindibles del cine moderno de horror, quien encarnó al edípico asesino Norman Bates en Psicosis (1960), el clásico de Alfred Hitchcock, Osgood Perkins es una de las voces más interesantes del género. Su cinta inmediatamente anterior, Coleccionista de almas (Longlegs, 2024), fue un aterrador acercamiento al tema del trauma que encamina retorcidamente la vocación de un ser humano, enmarcada por un retrato insólito de unos Estados Unidos sumidos en una crisis moral que arrastra a la adoración de la maldad.
La maldad como posibilidad de alcanzar la felicidad ocurre en El mono, un relato que gira en torno a un simio de juguete que toca el tambor tras girar una llave; cuando termina el tamborileo, alguien sufre una muerte violenta. Relato incluido en la antología de cuentos breves Skeleton Crew (1980), esta adaptación del relato cuenta con dos protagonistas, hermanos gemelos con una pésima relación desde la infancia. Hal es el narrador de la historia, un niño sensible y tímido, atormentado por su abusivo gemelo Bill (los dos personajes, en su etapa adulta, son interpretados por un mismo actor, Theo James). Ambos heredan los objetos abandonados en casa por su padre, un piloto aviador que desapareció “buscando cigarros en París”, según lo cuenta su madre, Lois, una mujer con anhelos que se siente esclavizada por sus hijos y a quien cuando la vida le parece asfixiante siempre tiene el impulso de bailar. Entre dichas pertenencias se encuentra el mono tamborilero. Pronto los gemelos se percatarán de los poderes diabólicos del juguete en el contexto de una de las mejores escenas de horror ocurridas sobre una plancha de tepanyaki en un restaurante japonés.
El relato contiene el retrato de una familia rota similar a la que King tuvo en su infancia, compuesta por una madre frustrada quien tuvo que renunciar a sus deseos para sacar adelante a sus dos hijos. También demuestra la admiración del escritor por un clásico relato de horror escrito por el autor británico W.W. Jacobs, La pata de mono, publicado en 1902. Es la historia de un hombre quien, al perder trágicamente a su hijo, recurre a un talismán misterioso con la forma de una pata de mono para traerlo de vuelta a la vida, con aterradoras consecuencias (éste cuento y el miedo profundo a perder a un hijo fueron también inspiración para una de las obras canónicas de King, Cementerio de animales). Está presente también la obsesión del autor por el peso del pasado en nuestras vidas y cómo las herencias de nuestros ancestros no necesariamente implican bendiciones.
Pese al sino trágico de la historia de unos gemelos que más allá de su huella de abandono descubren un elemento mágico que elimina lo no deseado (sin importar lazos de sangre incluso), Osgood Perkins trata el asunto con sensibilidad y sentido del humor, respetando los sentimientos heridos de sus protagonistas e incluyendo notables momentos de horror gore. La estética del filme (con imágenes nocturnas, casi siempre, bajo una paleta de colores ámbar, rojos y verdes dominantes) expresa el dolor interno de los protagonistas, y el montaje de las secuencias de horror que contrastan con la trágica realidad de los hermanos, provocan ese toque exquisito de humor macabro que asombra.
De la adolescencia a una vida adulta marcada por la orfandad y el abandono emocional, Bill vive obsesionado por encontrar al mono para cumplir sus más oscuros deseos, mientras que Hal vive aislado incluso de sí mismo y es incapaz de establecer contacto emocional con su hijo adolescente, quien se encuentra en peligro de perpetuar el trauma de su padre. El simpático juguete reunirá a los tres para orquestar un climax delirante en el cual quien demuestra la madurez sobrevive. Se trata de un final apocalíptico protagonizado por la misma Muerte.
Vale la pena mencionar que El mono tiene impresa en su caja la frase “Como la vida misma”. En efecto. Todos moriremos. Quizás no importa la forma, sino el cuándo. Mediante un retorcido final feliz (el juguete diabólico será parte de una herencia que perseguirá a los protagonistas sin remedio, igual que muchas heridas de infancia) en el que tal vez la posibilidad de un vínculo emocional entre un padre y su hijo exista, el relato celebra la vida. Las penas con baile siempre serán menos.
La vida de Chuck (The life of Chuck, Estados Unidos, 2024) de Mike Flanagan.
Nacido en la escalofriante ciudad de Salem, Massachusetts, el cineasta Mike Flanagan se ha convertido en una pieza clave para la vigencia de Stephen King en la pantalla grande. Primero con El juego de Gerald (Gerald’s game, 2017), un ejercicio de suspenso minimalista en el cual una pareja que intenta reavivar la llama del amor termina viviendo una pesadilla entre las cuatro paredes de la habitación de un motel. Más adelante con Doctor Sueño (Doctor Sleep, 2019), la muy esperada secuela de El resplandor, centrada en las vivencias de un Danny Torrance adulto que debe regresar a los infernales pasillos del hotel Overlook para proteger a una joven con sus mismos poderes visionarios de las garras de un sangriento culto que desea eliminarla.
Ambas adaptaciones dejaron ver en Flanagan a un artista sensible a las reglas estéticas, narrativas y formales del universo literario del autor de Carrie, destacando tanto el elemento emocional de los personajes, ausente en otras adaptaciones que privilegian el horror por sobre el elemento humano, como su desparpajo ante los momentos gore que fascinan a los conocedores del género. La vida de Chuck, su inmersión más reciente en el multiverso King, propone a Flanagan un reto distinto.
Parte de la antología La sangre manda, publicada en 2020, La vida de Chuck es la historia de un hombre como cualquier otro a quien cierto día un secreto esencial le es revelado. Comento lo del hombre “común” porque Chuck recorre una vida muy parecida a la de millones en la Tierra. Niño de clase media acomodada de Maine, sufre la orfandad de ambos padres y una hermana nonata en un accidente de auto. Vivirá con sus abuelos hasta el inicio de su vida adulta. Mientras aprende de su abuela que las penas, bailando mientras se cocina, son menos (un elemento también presente en El mono con el personaje de la madre de los protagonistas y una referencia directa a la madre de Stephen King), Chuck hará del baile una parte esencial de una vida que no será tan luminosa, cediendo a los deseos del abuelo para que aprecie las matemáticas, se convierta en contable y nunca sufra el desempleo (será un contador sumamente exitoso, por cierto). Conocerá el amor, será padre, siempre extrañará lo que pudo ser y a los 39 años va a morir trágicamente, víctima de un tumor cerebral. Nada extraordinario al parecer. Lo único excepcional será la epifanía que el protagonista experimente justo en el horizonte entre la juventud y su vida adulta, como ya fue antes mencionada.
Lo importante de La vida de Chuck está en su estructura narrativa. Y en lo que rodea la historia de este hombre común. Dividido en tres actos, el filme se narra a la inversa en cuanto al protagonista se refiere. Es clave mencionar la presencia de un narrador que todo lo ve con su voz en off durante todo el filme. Es el destino, quizás.
En su tercer acto, Chuck ha muerto y, al mismo tiempo, el Universo entero se destruye con él. Un profesor de Literatura (oficio de King mientras se encumbraba como un exitoso novelista y personaje recurrente en varios de sus relatos) es testigo del fin del mundo. El Internet muere y con él la posibilidad de comunicación, la luz se va para siempre, los hombres se resignan a fundirse con una galaxia moribunda. Lo único que queda son el amor, la cercanía de un abrazo, la posibilidad de una reconciliación que llega demasiado tarde. En medio de miles de manifestaciones de Chuck en esos días extraños, las estrellas, los planetas, todo lo que fuimos, somos y seremos, estallan en un nuevo big-bang. El resto es silencio. Con una sensibilidad notable, renunciando a efectos especiales deslumbrantes o a una histeria narrativa, Mike Flanagan retrata los últimos días de un Universo que agoniza con un realismo aterrador en el cual la humanidad camina sin rumbo como dinosaurios ante su extinción, entre apagones energéticos que despojan al hombre contemporáneo de todo lo que es para desnudarlo y postrarlo ante lo que realmente vale la pena: el lenguaje oral, el sabio consejo, la necesidad de reparar lo que se ha roto. Presenciando el fin del Universo ante sus ojos, el profesor de literatura dirá un último “te amo” antes del gran final. Para King, el amor es lo único que importa cuando ya nada más importa.
El segundo acto se refiere a un evento particular en la vida del protagonista. Cierto día en que recorría la plaza central de una pequeña ciudad esperando participar en una conferencia sobre la banca en el siglo XXI, Chuck se dejó seducir por los tambores callejeros de una ejecutante excepcional que esperaba ganarse unos cuantos dólares amenizando la tarde. Chuck dejó su portafolio en el piso, comenzó a bailar ante la multitud sin pena alguna y consiguió para todos un momento único. Se le unió una linda joven, recién abandonada por su novio a través de un WhattsApp, y ambos bailaron como en los musicales de antaño. Al final, ambos siguieron caminos distintos. En el baile estuvieron sublimes, pero no eran el uno para el otro, como suele suceder en las comedias musicales. Chuck recogió su portafolio, volvió a ser el contable experto en finanzas. La tarde terminó. Lo inolvidable fue la forma en la cual Chuck conectó de nueva cuenta con su verdadero yo. Con su verdadero ser, al cual dejó morir a cambio de una supervivencia profesional y económica. Vendrán el dolor, la enfermedad y una muerte temprana. Pero eso ya lo sabemos. En este acto, Mike Flanagan despliega un notable sentido fílmico hacia el clásico musical americano, retratando el número musical de Chuck con una paleta de colores cálidos, asumiendo la artificialidad de un set cinematográfico en el cual ocurre la secuencia y permitiendo al estupendo actor Tom Hiddleston robarse el momento con su baile al ritmo de una batería callejera. El cambio de tono de cuento de hadas a la agridulce sensación de la vida misma equivale a la sensación apocalíptica del acto anterior.
Llegamos al último acto. Chuck es un niño huérfano. Su sensibilidad artística y el amor por el baile de su abuela influyen en su decisión de integrarse a un taller escolar de baile. Ella muere pronto, dejando a Chuck al cuidado de un abuelo contable, enamorado de las matemáticas. Como en todas las familias, hay un secreto. En el caso de nuestro protagonista, dicho enigma se encuentra encerrado en la cúpula de la casona victoriana en la que reside y que el abuelo celosamente oculta. La vida sigue. Chuck crece. El abuelo muere. Nuestro héroe, antes de asumir su vida adulta, enfrenta el misterio. Se mira a sí mismo morir en la cama de un hospital. Tal era el secreto. El lugar tenía el poder de materializar visiones de muerte. El abuelo pudo ver la de la mujer que amaba y la suya propia. Chuck ha visto la suya. Queda la duda de saber cuándo será. Pero eso ya lo sabemos.
Muy lejos de los gatos resucitados, los perros San Bernardo rabiosos que se vuelven un infierno o los automóviles clásicos embrujados que se enamoran de sus propietarios, La vida de Chuck rompe dentro del multiverso de King incluso con los retratos de la condición humana desde el realismo expuestos detrás de las grises paredes de la penitenciaría de Shawshank o en piezas como Dolores Claiborne. El escritor, en complicidad con el sentido del cine de Mike Flanagan, orquesta una parábola sobre nuestro papel en el Universo y lo que hacemos con nuestras vidas prestadas. En el filme abundan preguntas clave para la existencia misma. ¿Por qué hacemos lo que hacemos cuando lo hacemos?, o bien, ¿Por qué callamos lo que somos y asumimos algo distinto para no sufrir? ¿Nuestra vida está regida por el destino o por las matemáticas? Y la más importante, sin duda. Si supiéramos la fecha de nuestra muerte, ¿cómo viviríamos la vida?
Cerca de sus ochenta años, Stephen King hace de La vida de Chuck un relato sobre cómo todos somos un universo en sí mismos. El corazón del filme es la secuencia en la que Chuck comprende, con la intervención de una maestra de literatura y el poema Canto a mí mismo de Walt Whitman (nunca hay que subestimar el conocimiento literario del autor de Eso), que dentro de sí contiene a multitudes. Todos aquellos que nos rodean, que nos han visto, que han tocado de forma particular nuestra vida o a quienes hemos influido de cualquier forma, son parte de nuestro universo. Y a la vez, somos parte de un Universo que morirá algún día, aunque no sabemos cuándo. Como bien apunta Mike Flanagan en su cinta: todos moriremos. Pero la espera es lo que nos hace sufrir.
Camina o muere (The long walk, 2025) de Francis Lawrence.
A finales de los años setenta, la creatividad desbordante de Stephen King llevó a que algunas lenguas viperinas declarasen que el autor de La hora del vampiro cobraba regalías por palabra publicada y no por sus novelas en sí. Por lo tanto, sus editores y agentes le propusieron a King crear un seudónimo para seguir publicando sin saturar su nombre, ya considerado una marca registrada. En 1979 apareció Richard Bachman, un escritor con antecedentes como agricultor y como guarda costero, quien también era muy celoso de su identidad; todos estos datos fueron creados por el propio King. Fue en 1985 que la verdad sobre Bachman fue revelada y jamás se volvió a saber de él. Es importante mencionar que las siete novelas publicadas a su nombre han sido reeditadas sin descanso, ahora bajo el nombre del propio Stephen King, aumentando también sus ventas de forma considerable.
Bajo el seudónimo mencionado, King publicó novelas escritas durante sus años como estudiante de Literatura en la Universidad de Maine. Era el último lustro de la década de los sesenta, entre la intervención militar estadounidense en Vietnam, el concepto de las drogas como expansoras de la mente, la liberación sexual, las rebeliones estudiantiles; años en los que Stephen King tuvo empleos tan variados como ayudante en una lavandería local, mientras esperaba concluir sus estudios y matricularse como profesor de literatura para trabajar en alguna escuela secundaria.
King retrató la pesadilla de un tiroteo ocurrido en una escuela secundaria, a manos de un estudiante perturbado, en una de sus primeras novelas, Rabia, escrita en 1966 y publicada bajo el seudónimo de Richard Bachman en 1977 (ésta novela ha sido paulatinamente retirada de las librerías de los Estados Unidos debido a la alza de estas tragedias en los últimos años). Un año más tarde escribió La larga marcha, publicada en iguales circunstancias durante 1979. Como sucede con sus novelas, pronto se habló de su adaptación cinematográfica; el gran maestro del horror George A. Romero fue elegido como director de una producción que nunca se concretó. Más tarde, Frank Darabont, uno de los artistas que con mayor fortuna han recorrido el multiverso de Stephen King con películas como Sueño de fuga (1994), Milagros inesperados (1999) y Sobre Natural (2007), retuvo durante unos años los derechos de la novela para llevarla al cine. Le atrajo su naturaleza minimalista y la fuerza de la premisa, propias para una producción de bajo presupuesto. Sin embargo, nunca pudo obtener el financiamiento requerido. Es hasta el año 2025 cuando La larga marcha llega a las pantallas bajo la dirección de Francis Lawrence con el título Camina o muere.
De origen austriaco, Lawrence es una figura relevante del cine fantástico actual, con un particular gusto por los escenarios distópicos. Dirigió una adaptación del cómic Constantine (2005), sobre un policía que alterna entre ángeles y demonios. Más tarde llevó al cine una clásica novela de Richard Matheson, Soy leyenda (2007), centrada en el último hombre vivo sobre una Tierra infestada por vampiros. Pero su mayor éxito vino con la muy exitosa saga de Los Juegos del Hambre (2013-2026), basada en los libros de Suzanne Collins y en la cual la joven heroína Katniss Everdeen representaba a su región en un salvaje juego de supervivencia que entretiene a una sádica audiencia en medio de una descomunal distopía norteamericana.
Existen muchos puntos en común entre las aventuras de Katniss y lo que Stephen King planteó en el contexto distópico de La larga marcha. El suceso central en ambos relatos involucra a personajes jóvenes que viven en unos Estados Unidos sumidos en una profunda crisis (en lo social, en lo económico, en lo moral). Una guerra civil ha tenido lugar y el país se encuentra dividido. Ante la catástrofe general, el gobierno explota el sadismo del gran público mediante la transmisión de competencias en vivo en las cuales los participantes ponen sus vidas en riesgo persiguiendo una recompensa cuyo precio es demasiado alto. Cuando King escribió el relato original, miles de jóvenes estadounidenses eran reclutados para combatir en Vietnam y su rabia ante la situación lo llevó a describir una Norteamérica apocalíptica en la cual un puñado de jóvenes participa en una brutal competencia, promovida por los militares, que consiste en una marcha sin tregua durante cientos de kilómetros; la recompensa final será cumplir los deseos del vencedor. Si el competidor reduce la velocidad a la cual la marcha se debe efectuar, o bien se detiene para retomar fuerzas o para sacarse una piedra del zapato, comienzan las advertencias; a la tercera es la antesala de un disparo mortal. Los protagonistas son un centenar de jóvenes de distintas razas y estratos sociales, todos ellos unidos por la desesperanza propia de vivir bajo un estado autoritario. Otra inspiración para King fueron las funestas “marchas de la muerte” que los nazis y los japoneses llevaron a cabo cerca del final de la Segunda Guerra Mundial, mediante las cuales intentaban reubicar a sus prisioneros de un campo de concentración a otro, eliminando a todos aquellos que no podían soportar el infernal esfuerzo.
Camina o muere cumple con la propuesta minimalista que King propone desde el relato original. Todo ocurre en una carretera que atraviesa varias zonas rurales de la Norteamérica devastada en la cual se ambienta la historia. Los jóvenes participantes (ninguna mujer toma parte de la competencia, misoginia propia de un régimen autoritario y patriarcal) son escoltados por unidades militares y son vigilados de cerca por una figura de autoridad llamada El Mayor (Mark Hamill derrumbando su aura heroica como Luke Skywalker para orquestar una retorcida figura que personifica al autoritarismo que lo engendra, con todos sus aires paternalistas). Cada uno de los protagonistas será despojado de sus derechos elementales. Todos pondrán en riesgo su integridad y serán primero humillados y después eliminados brutalmente si rompen las reglas que la competencia exige. Solamente por el cambio de iluminación sabemos que ha amanecido o que la noche está cayendo.
Un elemento esencial para el éxito del filme es brindar una personalidad bien definida a los jóvenes competidores. De algunos nada sabremos; en poco tiempo les veremos caer. Conforme el número de participantes se reduce, Francis Lawrence se centra en aquellos que desde el principio han dejado una marca importante en el relato. Como ocurre con Hank Olson, un joven de ascendencia oriental que, para sorpresa de sus contendientes, ya era un hombre casado. También destaca Arthur, un joven afroamericano que tiene un alto concepto de la amistad. Gary Berkovitch, cuyo carácter explosivo no tarda en provocar una tragedia injusta. Collie Parker, representante de los pueblos originarios americanos, para quien ganar la competencia significa legitimar la dignidad de los suyos. O bien el taciturno Billy Stebbins, quien encarna a uno de los innumerables bastardos que el autoritarismo y la brutalidad dejan a su paso.
Lawrence centra la tensión dramática en dos de los competidores específicos: Ray Garratty y Peter McVries. Ray es el protagonista, sin duda alguna. Lo vemos llegar con su madre al centro de reclutamiento para participar en la marcha; es una más de esas madres solteras a cargo de un hijo amado, constantes en las novelas de King y con quienes recuerda a su propia madre. En algún punto del recorrido, ambos personajes protagonizan una dolorosa escena que evoca a esas mujeres que entregan a sus hijos al patriotismo estadounidense desde siempre. Su motivación será la venganza, pues su padre fue eliminado por el régimen al ser considerado peligroso por sus ideas liberales. Mientras que McVries encarna todo el dolor de una comunidad afroamericana que no olvida las heridas del racismo y la esclavitud.
El director Francis Lawrence resuelve el relato mediante un complejo lenguaje fílmico, abundante en la profundidad de campo, para dar dimensión visual a la marcha por esos caminos que parecen eternos. También es notable el uso del fuera de foco para distanciar al espectador de la violencia, aunque ésta también aparezca de forma explícita y contundente en ocasiones. Resulta esencial en el discurso el plano medio en el que conviven dos o más personajes para que veamos sus rostros cansados, el sudor que los baña, la lluvia que los azota o la sangre que brota justo antes de la muerte, sin olvidar la intensa camaradería que termina por unirlos a todos y que provoca dolor en el espectador cuando uno de ellos muerde el polvo. El filme enmarca la odisea de los protagonistas entre imágenes surrealistas, con esos maltratados estadounidenses que observan el martirio, indiferentes, además de las reses putrefactas, los pueblos fantasma o ese Plymouth rojo en llamas que nos remite al malvado automóvil Christine.
En el final de la novela original, King propone que la carrera no tiene final, pues el vencedor, lejos de reclamar su premio, sigue avanzando, como hipnotizado tras una misteriosa figura que para muchos lectores significa la Muerte. En su filme, Lawrence opta por invertir las acciones y el protagonismo de los dos últimos competidores para que la venganza mencionada se cumpla mientras que el vencedor, en medio de una atmósfera abstracta, siga de largo, traumatizado por la experiencia. Como productor ejecutivo del filme, King aprobó este final que mantiene el mismo concepto de la conclusión abierta: una venganza personal no puede acabar con un sistema entero, aunque bien puede dejar un mensaje contundente.
Publicada hasta 1979 y concebida en 1966 en el contexto ya descrito por King, Camina o muere de Francis Lawrence es una historia con una gran vigencia para su estreno en 2025, en el marco de unos Estados Unidos sumidos en una crisis moral más profunda que nunca, en la cual los jóvenes enfrentan el desempleo, la violencia y una falta de sentido vital, más comunicados y paradójicamente más aislados que nunca, temerosos del compromiso sentimental y absortos en sus redes sociales. La sociedad, más que nunca, está hambrienta de realidad y quiere ver sangre. El autoritarismo se manifiesta en muchas sociedades de nuestro mundo y mediante el circo mediático controla a las masas. Una larga marcha podría estar a la vuelta de la esquina.
El sobreviviente (The running man, 2025) de Edgar Wright.
El talento del cineasta británico Edgar Wright fue reconocido por Stephen King a través de un twitter en el cual admiraba las virtudes de su filme El misterio del Soho (2021). El escritor reconocía en Wright a un hombre sensible para las narrativas fantásticas e inquietantes. Dicha cinta contaba la odisea de una joven diseñadora de modas que viajaba en el tiempo para conocer la Inglaterra de los años sesenta, espacio y tiempo en el cual se relacionaba peligrosamente con una misteriosa cantante. Poco tiempo después, el director anunciaba que preparaba una nueva adaptación de uno de los libros de King publicados bajo el seudónimo de Richard Bachman, El sobreviviente, publicado en 1982 y que contaba con una versión previa dirigida por Paul Michael Glaser y protagonizada por el mítico Arnold Schwarzenegger.
Dueño de un estilo cimentado en un frenético uso del montaje para transmitir las emociones propias que experimentan sus personajes, siempre al filo entre la realidad y lo fantástico, siempre bordeando el peligro. El desesperar de los muertos (2004) fue una deliciosa parodia del cine de zombies enmarcada por el mejor humor negro al estilo inglés. Scott Pilgrim contra los Ex de la Chica de sus Sueños (2010) llevó al cineasta a narrar una comedia romántica juvenil basando su lenguaje en las convenciones del videoclip, el videojuego y las historietas. Mientras que en Baby: el aprendiz del crimen (2017) el director conquistó a toda una generación de espectadores narrando una clásica historia del Film Noir (un experto conductor que trabaja para la Mafia decide abandonar su carrera criminal al conocer a la mujer de sus sueños, con violentos resultados) mediante un exuberante lenguaje fílmico y una espléndida utilización de la banda sonora que no le dan respiro al espectador.
Wright contaba con el antecedente de la mencionada versión protagonizada por Schwarzenneger. Considerada “la película basada en Stephen King que no parece de Stephen King” dentro del canon de adaptaciones del escritor al cine, El sobreviviente es sin más una película típica del protagonista de Terminator. Acción trepidante, una estética neón típica de los años ochenta y un héroe fanfarrón, de una sola pieza dramática, suplieron la amargura distópica del relato original.
El sobreviviente (publicada también en algunos países como El fugitivo) es una de las novelas más crueles de Stephen King. La acción ocurre en unos Estados Unidos sumidos en una grave crisis moral y económica detrás de la cual se encuentra un gobierno autoritario que manipula al pueblo mediante violentos programas de Reality TV, destacando The Running Man, concurso en el cual los participantes deben sobrevivir durante treinta días a una cacería interminable a manos tanto de mercenarios profesionales, parte de la producción del programa, como de la propia población, que encuentra emoción en delatar a los concursantes para que sean eliminados. Ben Richards, un hombre con suficiente rabia para hacer volar al mundo en pedazos, se ve forzado a participar en el bárbaro concurso con la finalidad de conseguir el dinero necesario para salvar a su hija pequeña de una neumonía y evitar que su esposa se prostituya para sobrevivir, pues él se encuentra bloqueado por el sistema para conseguir un empleo a causa de una denuncia sobre contaminación ambiental que afectaba a sus compañeros de trabajo.
Richards no sólo será el competidor con mayor duración en el concurso, gracias a sus sorprendentes talentos para la supervivencia. Es capaz también de entender el valor del espectáculo y del rating televisivo, estableciendo un juego letal con el maquiavélico productor del show. Impulsado hasta el poblado de Derry, en la frontera con Canadá (maligno lugar en el cual reposa la entidad cósmica oculta bajo el payaso Pennywise de Eso), Richards hace una última jugada que lo lleva a bordo de un avión donde ocurre una masacre. Al darse cuenta de que todo está perdido, se traslada hasta la torre desde donde se produce y se transmite el programa para inmolarse y destruir con él una parte del sistema brutal que lo ha atrapado.
Producida en 2025, el año en el que la distopía de Stephen King situaba el relato original, la versión de Edgar Wright cumple con las normas narrativas, estéticas y formales de su cine, sin olvidar que El sobreviviente no comparte el minimalismo de Camina o muere y que las peripecias del protagonista para mantenerse con vida promueven el diseño de escenas de acción propias de cualquier blockbuster de Hollywood. El duelo entre Glen Powell como el contendiente y Josh Brolin como el sádico productor que mueve los hilos de su destino, constituye una dialéctica que mantiene siempre el interés en las decisiones de los personajes por encima de la acción y el despliegue de efectos especiales de los que Wright hace gala.
Atractiva en todo momento y concebida como una película de entretenimiento para el gran público, El sobreviviente, en su nueva adaptación roza solo levemente la desesperación existencial que King imprimió a su novela original. Particularmente en su acto final. Es comprensible que un avión estrellándose contra una torre en los Estados Unidos parezca imposible de filmar después de los trágicos sucesos del 11 de septiembre de 2001. Pero la decisión de salvar la vida del protagonista y convertirlo en el símbolo de una rebelión contra el autoritarismo televisado puede emocionar al público de las salas comerciales, pero vuelve al filme una interpretación bastante simplista del pesimismo radical que abunda en la novela original de Stephen King y que pudo hacer del filme algo mucho más trascendente que solamente un buen entretenimiento. Nunca olvidemos que en la ciencia ficción cuando se plantea un mundo del futuro se remite sin remedio al contexto social en el cual el filme se produce. La realidad del 2025 está peligrosamente más cerca de la distopía de King que nunca. Siento que Edgar Wright desperdicia una gran oportunidad.


