Por Mauricio Rangel Jiménez
Es imperativo iniciar este análisis con una confesión honesta: nunca he sido seguidor de Bad Bunny. Hasta antes de su incursión en los ritmos de la salsa, su propuesta musical me resultaba ajena, marcada por un reggaetón y un trap que percibía simples, anclados en lugares comunes que no lograban captar mi interés. Sin embargo, lo acontecido en el escenario del Super Bowl LX trasciende cualquier juicio previo. Estamos ante un punto de quiebre que exige elevar la mirada; lo presenciado en ese montaje no es un simple acto pop, sino una obra con una complejidad discursiva que merece un examen riguroso y libre de prejuicios.
La crítica más elemental y recurrente hacia el artista se ampara en el uso del lenguaje. Se esgrime que la incomprensión de sus términos —tanto para el público anglosajón como para el hispanoparlante— invalida su calidad artística. No obstante, esta premisa es de una fragilidad absoluta. A lo largo de la historia, la música ha demostrado que el goce estético no depende de la traducción literal; hemos disfrutado melodías con palabras inventadas o carentes de significado, y cuántas veces no hemos tarareado canciones en idiomas que desconocemos, aprendiéndolas por pura fonética.















